Maletas. No puedo dejar de llevarme por el sonido de tus ecos. La música que idiotiza mis oidos, tus oidos, los oídos de todos nosotros. Todos. De la vieja de naríz respingada de la capital que va cruzando la peatonal con aires de retacona, la nena que toma el helado, el que juega en el videogame, y el gordito glotón que morfa que da hambre en el fast de la esquina. La vieja que fuma sentada en un banco de la misma peatonal donde caminé siempre. Donde caminé ayer, hoy... y donde siempre caminaré... siempre. Un pedacito de mi alma siempre queda en este lugar. Y esta vez no va a ser la excepción. Lo sé.
Te voy a extrañar le grito al mar, y como una estúpida, creo haberlo dicho, pero en realidad me lo callé.
Me voy a ir de este lugar y aunque ya deliro entre mis cuerdas por volver a verte, no se como será. Como será volverte a ver. Pasó todo un mes de desórdenes alimenticios en las palabras que nos hablamos sin hablar... entre las ruidosas frases que se entremezclaban y se encimaban sin dejarse entener. Lamento. Lo lamenté muchos posteriores días que el sol cubrió y bronceó también. A mi no, a mi no me bronceó... Sin embargo si bronceé mis sueños, para traerlos ya maduros... me metí entre la gente y vi tantos rostros en la multitud que no pude dejar de pensar en lo pequeño que es el mundo, y que tan grande es el mundo interno, el de cada uno. El que existe dentro tuyo, dentro mío dentro de el que cruzaste cuando ibas para tu casa esta tarde. Tu mundo, mi mundo... el de cada uno de nosotros.
Mucha música dentro de mi cabeza, y estoy por explotar... todo me trae a la memoria, memorables recuerdos.
No puedo creer lo mucho que me encantaste, luna naranja, hamburguesa de mc donals... helados nocturnos.
Pero siempre me contradigo, si hay dieta, quiero comer hamburguesas. Cuando hay hamburguesas, aguante la sopita de verduras...